
Soy un “Guajiro Criollo” Nacido en Camajuaní, Cuba
Recuerdos de un Pueblo Campesino Sencillo, Su Folclore, Su Gente y las Raíces que Nunca Me Abandonan
Maestro Ramirez Publishing
7/24/20264 min leer

Soy un “Guajiro Criollo” Nacido en Camajuaní, Cuba
Recuerdos de un Pueblo Campesino Sencillo, Su Folclore, Su Gente y las Raíces que Nunca Me Abandonan
Nací en Camajuaní, Cuba, un sencillo pueblo campesino en Villa Clara donde la tierra misma parecía hablar. Decir que soy un “guajiro criollo” no es solo decir de dónde vengo. Es decir que llevo dentro de mí el olor de la tierra mojada después de la lluvia, el canto de los gallos en la mañana, el ritmo lejano de los tambores, la risa de los vecinos y el recuerdo de caminar por extensos potreros bajo el cielo abierto de Cuba.
Camajuaní no era un lugar de lujo. Era un lugar de raíces. Un lugar donde la vida se medía por la familia, el trabajo, la música, la fe, el respeto y el ritmo de la tierra.
El Paisaje de Mi Infancia
Cuando pienso en Camajuaní, veo verde por todas partes—valles, caminos rurales, campos de caña de azúcar, vegas de tabaco, árboles de mango y esos espacios abiertos que hacen que un niño se sienta libre. Recuerdo trepar árboles, correr por el campo, pasear junto a potreros y sentir que el mundo entero estaba hecho de sol, hierba, animales e imaginación.
Había belleza en la sencillez. El olor a humo de leña, café recién colado, hojas de tabaco, campos de caña y comida casera formaba parte de la vida diaria. Incluso el silencio tenía música: el viento entre los árboles, los animales a lo lejos, el crujir de las puertas viejas y las voces suaves de la gente conversando de portal en portal.
Los Sonidos de los Guateques, Bembés y Parrandas
Camajuaní también era un pueblo de sonidos. El campo tenía su propia orquesta. Había guateques de barrio donde la gente se reunía con guitarras, voces, historias y alegría espontánea. Había bembés, donde los tambores llevaban la memoria espiritual y las raíces africanas al presente. Y, por supuesto, estaban las Parrandas—esas grandes explosiones de luces, música, fuegos artificiales, orgullo y rivalidad que forman una parte tan importante del folclore del centro de Cuba.
En Camajuaní, las Parrandas no son solo entretenimiento. Son identidad. Son la voz del pueblo expresándose a través del arte, el sonido, el humor, la competencia y la tradición. Los Chivos y los Sapos son más que nombres; representan memoria, comunidad y el fuego juguetón de un pueblo que sabe celebrar la vida incluso en medio de las dificultades.
La Gente y Sus Valores
La gente del campo en Camajuaní era sencilla, pero no insignificante. Era fuerte, humilde, respetuosa, trabajadora y profundamente conectada con la familia. Sabían compartir lo poco que tenían. Un vecino no era un extraño. Un niño pertenecía a toda la cuadra. Los mayores eran respetados. La música no era algo separado de la vida—formaba parte de bodas, velorios, celebraciones, oraciones, reuniones en la calle y conversaciones cotidianas. Criarse entre gente del campo es aprender que la dignidad no depende del dinero. Depende del carácter. Depende de tu palabra, tu trabajo, tu amor por la familia y tu respeto por las tradiciones que vinieron antes que tú.
Arquitectura, Calles y Vida del Pueblo
Camajuaní tiene el aire de un antiguo pueblo cubano moldeado por influencias españolas y criollas: fachadas coloridas, detalles coloniales, herrería, techos altos, puertas antiguas, portales y calles donde la gente solía sentarse afuera a conversar, observar y pertenecer. Su arquitectura puede no ser tan grandiosa como la de La Habana, pero tiene alma. Refleja un pueblo construido por trabajadores, campesinos, comerciantes, músicos, familias y generaciones que dejaron su huella en silencio. La conexión del pueblo con la agricultura, los ferrocarriles, el azúcar, el tabaco y las comunidades cercanas le dio a Camajuaní su carácter práctico. Era un lugar donde el campo y el pueblo siempre estaban unidos.
El Folclore como Identidad
Para mí, el folclore cubano no es algo que solo se encuentra en libros o museos. Yo lo viví. Lo escuché en los tambores, en las décimas, en las celebraciones callejeras, en los dichos antiguos, en los bailes, en la forma en que la gente se vestía para ocasiones especiales y en la manera en que las familias transmitían historias de una generación a otra.
Camajuaní me enseñó que el folclore es identidad. Es la memoria de un pueblo. Es la forma en que un lugar se explica a sí mismo sin necesidad de escribirlo. Está en la música, la comida, la fe, los chistes, las tradiciones, las celebraciones e incluso en la nostalgia.
La Nostalgia que Permanece Conmigo
No importa a dónde me haya llevado la vida, Camajuaní permanece dentro de mí. Puedo caminar por grandes ciudades, presentarme en escenarios, escribir libros, componer música y hablar ante públicos lejos de Cuba, pero en algún lugar dentro de mí sigo siendo ese niño guajiro criollo caminando por potreros, trepando árboles, escuchando tambores lejanos y sintiendo el misterio de mi tierra.
Nacer en Camajuaní es entender que la grandeza puede comenzar en un lugar humilde. Es saber que el campo puede educar el alma. Es llevar a Cuba no solo como un recuerdo, sino como un ritmo vivo en el corazón. Lo digo con orgullo: soy un guajiro criollo, nacido en Camajuaní, Cuba. Y dondequiera que vaya, esa tierra, esa música, esa gente y ese folclore van conmigo.
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